Relato y desmemoria: 14-M

Por Enrique Benavent. Por razones generacionales el 14 de marzo estaba señalado en mi calendario emocional como un día infausto: en tal fecha del año 1980 falleció el divulgador Félix Rodríguez de la Fuente allá en Alaska cerca de las gélidas aguas del mar de Bering. Sin embargo hace cinco años esa fecha cobró un significado mucho más fatídico. Porque el sábado 14 de marzo de 2020 Su Sanchidad Pedro I sin encomendarse ni a Dios, ni al diablo (o quizá a este último sí) nos condenó a un horrible confinamiento de dudosa constitucionalidad.

El enclaustramiento al que los españoles fuimos sometidos fue uno de los más estrictos. La extrema dureza de las medidas que se tomaron contrasta con la despreocupación que hasta entonces se había mostrado frente a la pandemia que se avecinaba. De las infaustas declaraciones del (ir)responsable director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, el malhadado doctor Simón, quien con su aspecto alucinado digno del doctor Emmet L. Brown de Regreso al futuro, se despachó con aquel «como mucho habrá uno o dos casos», se pasó a «el machismo mata más que el covid» para no entorpecer el aquelarre feminista del 8-M (Monedero, Errejón, quién os ha visto y quién os ve). De suerte que, a pesar de que los casos se multiplicaban, se mantuvo en toda España la convocatoria de manifestaciones multitudinarias: un auténtico buffet libre para el virus. 

Con el virus campando a sus anchas por todo el territorio nacional, finalmente se tomaron medidas y com el que no és de raça, o poc o se’n passa fueron mucho más radicales que en otros países. Los padres de niños de corta edad saben muy bien lo que supuso mantenerlos encerrados en sus casas durante ese tiempo. Lo espeluznante es que, mientras que no se permitía salir a los niños ni siquiera a una hora determinada, sí que se consentía sacar a pasear a los perros. Una medida coherente con la nueva religión transhumanista woke que inspira la satánica agenda 2030 para quien los animales, como mínimo, merecen el mismo trato que las personas.

Tras el horror, después de más de cien mil muertos, vino la desescalada que nos iba a conducir a una nueva normalidad. Una desescalada monitorizada por una comisión de expertos, anunciada por el presidente del Gobierno en aquellas tediosas admoniciones dominicales a las que nos sometió durante el confinamiento, que al final resultó que nunca existió. 

Ha transcurrido ya un lustro y todo aquello parece haberse olvidado. Fuimos sometidos a un encierro ilegal, engañados, manipulados… Uno recuerda la comparecencia del jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, general Santiago, anunciando sin sonrojarse que estaban investigando noticias y bulos que pudieran sugerir ¡desafección a instituciones del Gobierno!

Aquella pandemia fue lo más parecido a la distopía 1984 de George Orwell y, sin embargo, el gobierno que perpetró tanto engaño sigue teniendo apoyos. Francisco Pérez en Cisma sangriento, un ensayo sobre la Reforma Protestante y la Contrarreforma, escribió «el sermón dominical trata de todo aquello que se quiere creer. La historia real, en cambio, trata de todo aquello que no se quiere o no se puede creer». Sin duda buena parte de la población ha preferido el sermón dominical de Su Sanchidad, a la dolorosa y cruda realidad.

Imagen: Fernando Simón, en 2020. Pool Moncloa/ B.P. de la Bellacasa.