El precedente de Venezuela enciende las alarmas en Dinamarca ante una posible invasión de Groenlandia

El eco de una intervención militar a miles de kilómetros de distancia ha terminado por congelar el ánimo en el norte de Europa. Cuando las noticias confirmaron que Estados Unidos había entrado ilegalmente en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro, la reacción en Copenhague no fue de ajenidad, sino de un temor inmediato y compartido. El precedente sentado en el Caribe encendió las alarmas sobre el destino de Groenlandia, territorio soberano de Dinamarca y cuatro veces el tamaño de España. Hablamos de una región que Donald Trump lleva un año codiciando y que, tras lo visto en el sur, muchos temen que sea el próximo objetivo de una Casa Blanca que ha decidido sustituir la diplomacia por la fuerza.

Esta inquietud no nace de la paranoia, sino de una amenaza que ha dejado de ser sutil. El presidente estadounidense y su entorno no han ocultado su intención de hacerse con la gigantesca isla, ya sea por la vía del acuerdo o por medios más agresivos. Para Dinamarca, ver a su principal aliado actuar con tal desprecio por la soberanía nacional de un tercer país ha supuesto un golpe de realidad demoledor. La confianza ciega en la protección de Washington, un pilar que ha sostenido la política exterior danesa durante los últimos 80 años, parece haberse desmoronado en cuestión de horas.

La situación coloca a Copenhague en una posición geopolítica casi imposible. Dinamarca ha sido históricamente uno de los aliados más leales de Estados Unidos, enviando tropas a los conflictos de Irak y Afganistán y sacrificando vidas en defensa de los intereses compartidos. Ahora, la diputada socialdemócrata Ida Auken refleja el sentir de gran parte del Parlamento al admitir que es difícil explicar a las familias de los soldados caídos por qué su principal socio los somete ahora a esta presión inaceptable. El hostigamiento de Trump ha provocado un «cortocircuito» en una sociedad que basa su convivencia en el consenso y que ahora ve cómo el desastre se aproxima a sus fronteras árticas.

Desde el punto de vista internacional, la tensión pone en jaque a las estructuras de poder tradicionales. La OTAN se enfrenta a una paradoja existencial: si Estados Unidos decidiera actuar contra Groenlandia, estaría atacando a un socio de la alianza, lo que invalidaría el tratado de defensa mutua y dejaría la organización sin sentido. Por su parte, la Unión Europea ha pasado a ser el refugio inesperado de una Dinamarca tradicionalmente euroescéptica, que ahora se aferra al bloque comunitario buscando una red de seguridad frente a las ambiciones de Washington. La UE ya ha advertido que cualquier agresión a uno de sus miembros activaría respuestas de solidaridad militar.

Mientras tanto, en Groenlandia, el primer ministro Jens-Frederik Nielsen intenta mantener la calma frente a lo que califica como «fantasías» de anexión, aunque el rechazo de la población local es abrumador: un 85% de los 56.000 habitantes se opone frontalmente a pasar a manos estadounidenses. La estrategia inmediata de Dinamarca será buscar el diálogo con figuras que consideran más pragmáticas dentro de la Administración Trump, como el secretario de Estado Marco Rubio, con quien se espera una reunión la próxima semana. Sin embargo, la sombra de las barras y estrellas ondeando sobre Nuuk, ya sea por la vía diplomática o bajo la amenaza de los fusiles, es una posibilidad que ya nadie en Europa se atreve a descartar.

Imagen: Nuuk y el fiordo de Nuuk (Artic Yeti).

Deja tu Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *