El cónsul de Ucrania en la Comunitat Valenciana, Pablo Gil, ha realizado un crudo diagnóstico de la situación actual del conflicto, apuntando a un inminente hundimiento de la maquinaria estatal rusa. Según Gil, «Rusia está teniendo serios problemas de liquidez porque sus socios como India o China no compran sus barcos de petróleo con la misma rentabilidad», una situación que, asegura, «conlleva al colapso del país en menos de un año».
El diplomático ha detallado los «sobre costes tremendos» que está asumiendo Moscú por «una guerra que no está generando absolutamente nada para Rusia». La carga de las bajas, las pensiones a familias, las sanciones internacionales y las cuentas embargadas están provocando que «a los ciudadanos se les está cortando el grifo en los bancos».
Para ilustrar esta degradación, Gil ha trazado un paralelismo histórico contundente, afirmando que «el deterioro de la economía rusa empieza a parecerse al Reich en sus últimos dudas». Como síntomas de esta crisis, ha señalado la prohibición de Telegram por la «necesidad de controlar el relato». Todo esto se suma a los altos tipos de interés y a «los nuevos corralitos financieros poniendo restricciones al crédito».
En el plano militar, el cónsul ha revelado cifras estremecedoras sobre el desgaste del ejército invasor. Tras hacerse con un 20% del territorio al inicio por el factor sorpresa, ahora el avance es mínimo y letal: «Si Rusia el año anterior tuvo muchísimas bajas en el frente, más que en ningún año de guerra, para conseguir un 1% de territorio […] vemos que están más débiles». Actualmente, para lograr ese 1% de avance, se está hablando de «35.000 fallecidos al mes» en las filas rusas.
Frente a esta situación, Gil ha querido destacar la diferencia de valores entre ambos sistemas. Mientras en el entorno del presidente ruso la corrupción se oculta y Putin «utiliza el término defenestrar para todo su círculo de empresarios y políticos», en Ucrania los casos salen a la luz «porque el sistema funciona».
Esta moral y valores occidentales se reflejan en la propia población ucraniana. Aunque se pueda pensar que tras cuatro años y «4.000 infraestructuras educativas que han sido destrozadas» la gente se está agotando, la realidad es otra. «Observamos fotos de soldados que son catedráticos dando clases online en las trincheras demostrando unos valores propios de esta sociedad», ha relatado Gil con orgullo.
Finalmente, el representante ucraniano ha abordado los ataques a la población civil y las perspectivas de negociación. Gil ha sido tajante al calificar los ataques a la red eléctrica como un «crimen de guerra perseguido internacionalmente», ya que al ser un país frío, «es privar a los ciudadanos de calefacción, pero también de agua potable o del sistema de canalización». Afortunadamente, «gracias a la donación de generaciones se intenta reestablecer el servicio».
En cuanto a los esfuerzos diplomáticos, ha agradecido a los Estados Unidos su labor, pero ha advertido de que «la contraparte no ofrece ninguna garantía». Resumiendo la postura inaceptable de Moscú, Gil ha concluido: «Ucrania ofrece que se salgan voluntariamente de una tierra que no les pertenece y que se han cobrado muchas vidas por pocos centímetros, mientras que Rusia quiere esa tierra prometiendo que no volverán a intervenir en la zona».


