Hace años, en una feria internacional de medicina celebrada en Moscú, un fabricante catalán de termómetros pronunció una frase reveladora: «No fabriques, no compres, solo vende.» Este principio, ampliamente utilizado en el comercio internacional, refleja la estrategia comercial que, de alguna manera, ha adoptado Estados Unidos con sus socios comerciales. Estados Unidos es el mayor mercado del mundo: dinámico, consumidor y en constante crecimiento. Para muchas empresas y países, expandirse significa acceder a este mercado. Sin embargo, el comercio en Estados Unidos no es sencillo. Sus normas y dinámicas son complejas y, en muchos casos, malinterpretadas por los analistas.
Con la llegada de Donald Trump a la presidencia, su administración decidió abordar de frente el desafío de equilibrar la economía más grande del mundo. Como empresario, Trump evaluó la balanza comercial y concluyó que Estados Unidos compraba más de lo que vendía, contradiciendo la lógica de un equilibrio económico saludable.
Desde la presidencia de Bill Clinton, que dejó la Casa Blanca hace más de 24 años, el gobierno estadounidense ha luchado contra la inmigración ilegal y el narcotráfico. Clinton pensó que, involucrando a sus vecinos del sur en el desarrollo económico, se reducirían la violencia y el crimen. Sin embargo, más de dos décadas después, la realidad demuestra que
las mafias siguen aprovechando el mercado estadounidense como un espacio de libre comercio para drogas, armas y violencia.
En términos comerciales, el déficit con Canadá y México es evidente. El aumento de los aranceles en un 25% no fue solo una medida económica, sino una estrategia para presionar en la lucha contra el tráfico de drogas y la inmigración ilegal. En el caso de China y la Unión Europea, los aranceles se han convertido en un mecanismo disuasorio frente a lo que Trump considera competencia desleal.
En resumen, los aranceles y la amenaza de aplicarlos no son más que una herramienta de negociación para redefinir las reglas del comercio global, reafirmando la máxima de que «quien compra, manda.» Trump exigió a Europa, incluso antes de su elección, una postura clara respecto a tres ejes clave:
Defensa y seguridad: Aumento del gasto en defensa y seguridad, permitiendo a Estados Unidos reducir su responsabilidad y carga económica. La pregunta es: ¿qué están haciendo los europeos en este ámbito y cuánto están invirtiendo para evitar conflictos?
Energía: Europa ha dependido históricamente de la energía de Rusia y otros países con débiles compromisos democráticos. Trump criticó esta política, señalando que, mientras Europa compra energía a Rusia, exige apoyo militar a la OTAN sin asumir los costos de defensa.
Tecnología: Estados Unidos exige que Europa se alinee con los valores occidentales y defienda la democracia y la libertad de expresión.
Los aranceles, en este contexto, son una herramienta de presión para fortalecer la unidad de acción de Occidente frente al ascenso de China. Para Trump, resulta paradójico que la Unión Europea busque relaciones comerciales más económicas con China, pero dependa de la generosidad estadounidense en materia de defensa.