domingo, 30 de noviembre de 2025

A mí la legión! crítica literaria por Francisco González, periodista

A punto estuve de lanzar tan soldadesca petición de ayuda cuando ví a Ramón
con chaqueta y camisa, rodeado de la opulencia y ‘brilli brilli’ que dan las joyas
y las vitrinas que las encofran; sentado en una silla Luis XIV y con cara de no
haber roto nunca un plato. Pensé: ‘‘este Palomar se nos ha aburguesado’’,
pero no.
Acudí a ‘‘atrapar’’ su último libro ‘El novio de la muerte’ y resultaba más fácil
acudir allí donde ‘el tío Argi’, el conocido joyero Argimiro Aguilar, le había
prestado local para firmar, que acudir a librerías que ya no disponían de
ejemplares o a la de El Corte Inglés que “esperaba 500 pero tenemos uno”. Así
tras realizar una menuda cola, porque soy patológicamente puntual, me acerco
al autor que aún mantiene inteligible la letra, y compruebo que no es ’El
Príncipe de Zamunda’ sino que en el amor y en la guerra cualquier hueco es
trinchera. ¿Ves Palomar ya me has militarizado el verbo?
Al lío. Me zambullo en las páginas de su nueva obra y descubro que mantiene
la narración omnisciente y la técnica del punto y seguido para dotar al texto de
ritmo y frescura. Además, qué carajo, las subordinadas no se han hecho para
los novios de la muerte.
Vencidas las 100 primeras páginas me asaltan las tentaciones de vestirme de
militar y plantarme un tatuaje que rece ‘Amor de Madre’ pero entro en razón y
pienso que no puedo recurrir a la tinta epidérmica por cada historia que me
subyuga. Pero es que Ramón es así, no requiere descripciones clorofórmicas
para ambientarte en un lugar y en una situación. Muchas veces es a través de
la acción y del lenguaje de los protagonistas como mejor te sitúas en un
enclave.
En esta novela, que ya es con mayúsculas, y no es que las dos anteriores no lo
fueran, consigue que el personaje del legionario Ventura nos repase la Historia
de España a través de su vida y sus endemoniados ‘business’, al tiempo que
consigue psicoanalizar la infancia de un tipo duro, criado un ambiente crudo y
acostumbrado a la violencia como medio natural.
En este caso nos describe una facción del Ejército que en el algún momento
sirvió de refugio para tipos que podían vivir legalmente y escalar socialmente
sin que sus reclutadores tuvieran muchos miramientos hacia sus antecedentes.
Toda institución necesita gente que haga el ‘trabajo sucio’ y que no le importe
morir por su bandera; nada de anclajes familiares.

Lo hice en la no-crítica de su anterior novela y lo vuelvo a hacer en esta;
reclamo una versión audiovisual de sus relatos. Una película, vamos. Si
Tarantino puede trasladar su cine negro a Asia o al Far West ¿Qué demonios
impide que guionicemos para el cine relatos nigérrimos de españoles que
escriben novelas ambientadas en la morería? Con un par.
Sin hacer spoiler alguno, me quedo con dos frases de la novela: “El
Cristianismo es una religión caníbal que se come a su Dios” y “El dinero es la
mejor patria”. En su contexto, claro. De su lenguaje adaptativo me quedo con
palabras tan propias de la trama, como ‘cacharra’ para referirse a la pistola o
‘dar matarile’ para dar cuenta de un asesinato. Puro cañí.
Para dar buena cuenta de la negritud del texto que se aborda, sólo puedo decir
que contiene la descripción, esta vez sí, de tortura más salvaje que he leído
jamás. Hasta el mismísimo Millán Astray hubiera flaqueado representándola,
incluso ebrio de leche de pantera.
Gracias, Ramón por escribir tan bien, por entretenernos y quién sabe… quizás
algún día en un restaurante de la costa dianense (donde aterrizaban los
helicópteros de los generales) nos tomemos unas gambas y te presente a
Pocahontas.

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